El Neofascismo colombiano y la violencia electoral

El análisis de posturas electorales permite ver como Neofascismos se cuelan en las lógicas democráticas, perpetuando crímenes y discursos de odio reaccionarios

ANÁLISIS

Santiago Osorio

3/10/20263 min read

El actual escenario electoral colombiano evidencia la cristalización de una matriz neofascista que opera bajo la apropiación y el vaciamiento del discurso liberal clásico. En contraste con los totalitarismos históricos, sustentados en la coacción estatal explícita, esta mutación contemporánea instrumentaliza significantes como la "libertad" y el "orden" para erosionar los fundamentos democráticos desde su interior. Este fenómeno se inscribe en un contexto global signado por el realismo político, el cual ha propiciado un repliegue en la exigibilidad de los derechos humanos y ha legitimado respuestas autoritarias como la de Bukele en el Salvador, frente a las contingencias sociales. En consecuencia, la noción de libertad se reconfigura no como el ejercicio del pluralismo, sino como la prerrogativa hegemónica de suprimir la alteridad y clausurar el disenso.

Las dinámicas contemporáneas y la precarización multidimensional generan un estado de alienación y vulnerabilidad sistemática en el sujeto. Ante la incapacidad de procesar analíticamente la complejidad de un entorno percibido como hostil, se produce una atrofia de la mediación reflexiva. Como mecanismo compensatorio, el individuo demanda esquemas cognitivos absolutistas que ofrezcan una inteligibilidad inmediata del mundo; un terreno ontológico fértil donde el fascismo instaura certezas prefabricadas que mitigan la angustia psíquica mediante la anulación del pensamiento crítico, prosperando falsas dicotomías que niegan la diferencia y el pensamiento distinto como interlocutor válido.

En este marco interpretativo, plataformas políticas como las representadas por Abelardo de la Espriella y el excandidato por el Partido Conservador a la Cámara por Bogotá Jorge Castillo capitalizan estratégicamente dicha fractura sociocognitiva mediante una retórica reaccionaria. Sus discursos trascienden la mera polarización electoral para constituirse como formas de "delirio" estructural y falsa conciencia. Es decir, articulan una narrativa hermética que canaliza la frustración colectiva producida por estructuras capitalistas hacia la estigmatización de un chivo expiatorio que irónicamente subvierte dichas estructuras. Al operar bajo esta matriz, el opositor político a los proyectos Neofascistas es despojado de su estatus de persona para ser categorizado como una amenaza existencial o un "elemento no integrable", justificando así su exclusión del espacio público.

El corolario más crítico de esta reconfiguración discursiva es la legitimación y normalización de la violencia reaccionaria. Cuando la retórica política suprime la validez del Otro, la agresión (en sus dimensiones simbólica, digital y física) deja de ser tipificada socialmente como una transgresión del pacto democrático. Por el contrario, la violencia se asimila y codifica como un instrumento legítimo y necesario para la preservación del orden. Esta dinámica instituye una profunda regresión institucional, consolidando un ecosistema electoral donde la coacción y la aniquilación del que piensa distinto se validan como praxis política aceptable y rentable.

Frente a esta progresiva erosión del tejido democrático, emerge la urgencia ineludible de reconfigurar y robustecer los mecanismos de control social. La neutralización de estas lógicas autoritarias requiere trascender la mera condena moral para articular una fiscalización ciudadana e institucional activa que desmonte la “eliminación de las otredades” desde sus cimientos epistémicos. Esto implica la reactivación de redes de la sociedad civil capaces de ejercer rendición de cuentas vertical estricta, la aplicación rigurosa de marcos normativos frente a la incitación al odio y la promoción de una contrapedagogía política que restaure la densidad de la "experiencia" reflexiva. Solo mediante un control social denso, organizado y pedagógico será posible contener la legitimación de la violencia reaccionaria y restituir la viabilidad del pluralismo democrático.